lunes, 30 de junio de 2014

Sueño con contras.

Apaga la luz, cierra los ojos y ni se te ocurra pronunciar una palabra que me haga despertar.
Túmbate a mi lado y agárrame como si me quisieras romper en pedazos, seguro que duele menos que verte ir; dame besos de esos que te hacen sentir recomponerte de nuevo, al menos servirán para no notar tu ausencia.
¿Y si no quiero que te vayas? No, es que no quiero, no imagino no volver a sentir tus manos por mi cuello, por mi cuerpo. No quiero verte donde ya te he visto mil veces, lejos de mi cama.
Ya no sé si coserme o dejarme descosida hasta que llegues de nuevo para romperme más e intentar entender este desorden con tu vanidad.
Huyo, pero no se hacia dónde. Sólo a veces cuando me miras de esa forma tuya, esa forma que parece que atraviesa, me recuerda que de lo que huyo es de ti, de tu inoportunidad para aparecer y desenvolver otra vez el caparazón. No puedo mentirme, a veces sueño contigo de nuevo, te cuelas en mis sueños sin ni si quiera pedir permiso y, cuando apareces, te transformas en un precipicio, uno del que se ve su oscuridad sin saber a dónde te va a llevar y también su principio claro sabiendo lo que intenta aparentar.
Por qué no te quedas y dejo de soñar, de despertarme esperando que no sólo haya sido un simple acto del inconsciente; por qué no hay algo que deje de hacerme sentir este terremoto cada vez que oigo pronunciar tu nombre.

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